
¿Y cómo se baja la huella de carbono?
La mayoría de los gobiernos europeos ya disponen de sus propias iniciativas de sostenibilidad y muchas empresas alimentarias importantes se han comprometido a reducir su impacto medioambiental además de hacer tratos justos con los productores en todo el mundo. Sin embargo, muchos expertos consideran que la mejor forma de asegurar un futuro sostenible en la producción alimentaria global es reducir nuestro consumo de carne y lácteos. Los alimentos obtenidos de las plantas ofrecen ventajas tangibles en cuanto a la reducción de nuestro impacto medioambiental.
¿Y por qué no compramos solo productos que indiquen su huella de carbono? Calcular la huella de carbono de lo que comemos no es nada fácil, ya que la gran mayoría de los alimentos que compramos no lo indica en la etiqueta. Evaluar el impacto en materia de carbono de un alimento concreto supone examinar todo el ciclo del producto, desde el campo a la mesa, lo que incluye tractores, fábricas, camiones de reparto, almacenamiento y envasado.
La huella de carbono es una medida de las emisiones totales de gases de efecto invernadero generadas directa o indirectamente por una persona, organización, acontecimiento o producto. La huella de carbono tiene en cuenta los seis gases de efecto invernadero del Protocolo de Kyoto: el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O), los hidrofluorocarburos (HFC), los perfluorocarburos (PFC) y el hexafluoruro de azufre (SF6)
La huella de carbono se ha convertido en un tema de actualidad en los últimos años y las empresas se ven cada vez más presionadas a medir la suya y hacer su aportación al medio ambiente intentando reducir su impacto en el planeta.
Que un producto indique su huella de carbono no significa necesariamente que sea más ecológico, pero es un síntoma de que la empresa se ha tomado la molestia de analizar sus emisiones y de que está trabajando para reducir su influencia negativa en el medio ambiente. No va a ser fácil, pero a lo largo de los próximos meses y años deberíamos empezar a tener más claro cómo las decisiones que tomamos cada día sobre qué comer, qué vestir, adónde ir y cómo llegar tienen repercusiones para la Tierra. Es importante que la industria alimentaria se ponga de acuerdo en cómo medir el carbono, para poder hacer comparaciones válidas. Al igual que ahora entendemos las indicaciones de las calorías, es necesario que los consumidores acabemos sabiendo lo que es “bueno” y “malo” al ver el dato del carbono en la etiqueta.
En este momento la indicación de carbono no está tan generalizada como para que podamos comparar y decidir de forma bien fundamentada, pero lo ideal sería que este dato nos permitiese estar en mejores condiciones de decidir qué productos compramos, lo que animaría a los productores a reducir sus emisiones.